viernes, 26 de marzo de 2021

Caminar: Mucho zapato

 



Este es el final de un refrán sugerente: “Poca cama, poco plato y mucho zapato”. Lo escuché por primera vez a un buen amigo que es un hombre de una sola pieza: íntegro y sencillo, cariñoso sin contraprestaciones, atado con gusto y por voluntad propia a su familia y a la Naturaleza. Se expresa con frases cortas ligadas a su ser, por eso, acaso, un poco misteriosas. Este refrán sintetiza para él las dos claves para una vida sana: Caminar, mucho caminar; y una vida frugal: Se puede gozar plenamente, decía, con muy poca cosa. “Con pan y vino se anda el camino”.

Caminar, sí, me gusta caminar. ¿Por qué? Acaso, no lo sé. Solo sé que me gusta. Pierdo peso y me mejora el humor, el carácter. Acompaso el ritmo de mis pies con el fluir de mis pensamientos. Sí, sí, en cierto sentido es un tiempo de encuentro con uno mismo; otros van a una iglesia o a una cafetería tranquila. Mi cuerpo y mi alma se van ajustando. Es como si mi mente fuera decantándose, apisonándose, aplanándose en el suelo firme. Y así, paso a paso, se va dibujando en mi ser lo básico, lo necesario, que queda grabado como por escrito en mi pecho, para que conste. Después de caminar, una vez en casa, afronto la realidad con mayor viveza y dinamismo.

"Estar sentado el menor tiempo posible; no dar crédito a ningún pensamiento que no haya nacido al aire libre... La carne sedentaria -lo he dicho en otra ocasión- es el auténtico pecado contra el espíritu". ("Ecce Homo, "Por qué soy tan inteligente", Fiedrich Nietzsche", citado en “Andar, una filosofía”; Frédéric Gros, pos. 120, editor digital Titivillus).

¿Para qué? ¿Por qué? Es una actividad agradable, amena. Solo o en compañía, estirar las piernas te hace salir de la vida sedentaria. Cabe recordar que en una parte muy importante de la historia el hombre ha sido un ser nómada.

Por fin te has decidido a estirar las piernas, a cambiar de aire, a airear la mente. Cuando sales a caminar lo primero que te das cuenta es de que vas con lo puesto: zapatillas, pantalón deportivo y camiseta; y con tu cuerpo, aún entumecido, agarrotado, antes de caminar. Ya sea un paseo urbano o campestre, el cuerpo se relaja y el alma descansa. Una calma jocunda se extiende por tus extremidades, y se asienta fácilmente en tu ánimo. Te distraes. Las preocupaciones se disuelven, si son bobadas. Te olvidas de la agitación del mundo y redescubres la ligereza de vivir. Sientes que dispones de tu cuerpo y de tu mente. Deslizas los ojos sin detenerte en ninguna imagen. Comienzas a conversar contigo mismo. Enfocas la mirada en el horizonte. Tu pensamiento vuela. Se piensa mejor con los pies: son los amigos más fiables de nuestros pensamientos.

A los paseantes les llama Baudelaire flâneurs: Personas que caminan sin rumbo exacto, sin prisa alguna, sin destino concreto, sin otro objetivo que caminar por caminar.

¡Qué sí! ¡Qué sí! Que caminar tiene muchos beneficios. Que si no andas te vas a poner como el tambor de la lavadora: redondo, redondo, redondo. A mí me gusta especialmente pasear por la playa, pero da lo mismo que sea por el campo o por la montaña, incluso la ciudad. Deambular por la playa tiene efectos positivos sobre las terminaciones nerviosas de nuestros pies y la arena es una superficie ideal para estimularlas. Gracias a la humedad del mar y a su baja presión respiramos mejor.

Andar por la playa es bueno para el sistema cardiovascular: reduce el riesgo de padecer una enfermedad cardíaca y la diabetes tipo 2; disminuye el peligro de ser hipertensos. Para el sistema nervioso, disminuye la ansiedad y el estrés. Es lo que un experto de la Universidad de Stanford, Gregory Bratman, llama la “rumiación mórbida”: pensamientos que vuelven una y otra vez a la mente, que pueden tornarse obsesivos y que son a menudo la causa del estrés, la ansiedad y la depresión. El que haya tenido un problema gordo y haya caminado triturándolo entenderá bien este concepto. Para el sistema muscular fortalece los huesos, las articulaciones y tonifica la musculatura.

"Tu "moral" mejora; te vuelves franco y cordial, hospitalario y resuelto... En el desierto, los licores espirituosos solo provocan asco. Hay un vivo placer en la mera existencia animal". (Caminar, Thoreau, pos. 325, editor digital Daruma).

Sí. Cuando somos mayores, y el cansancio del cuerpo y del alma puede con nosotros, no hay que rendirse. Hay que seguir, superarse. Al ritmo que se pueda; no renunciar. Distanciarnos de nuestro entorno habitual. Hay que vivir. Conozco a algunos amigos, relativamente mayores, que son muy andarines; salen al alba. Incluso, en los clubs de montañeros hay personas de todas las edades.

La conquista de lo salvaje (Thoreau) "... ¿Qué provecho saco de una larga caminata por el bosque? El provecho es nulo: no se ha producido nada que pueda luego venderse… A ese respecto, la marcha es desesperadamente inútil y estéril. En términos de economía tradicional, es tiempo perdido, malgastado, tiempo muerto, sin producción de riqueza. Y sin embargo para mí, para mi vida no diría siquiera interior, sino total, absoluta, el beneficio es inmenso: es un largo momento en el que he estado en la vertical de mí mismo, sin que me invadieran las preocupaciones volátiles, ensordecedoras, ni me alienara el parloteo incesante de los charlatanes. Me he capitalizado de mí mismo durante todo el día... Receptividad de la marcha: no dejo de recibir toneladas de presencia pura". (Andar, una filosofía; Frédéric Gros, pos. 1005-1009, editor digital Titivillus).

Hay muchas formas de caminar. De manera muy general, se puede afirmar que la manera de deambular está asociada a nuestras emociones. No es lo mismo caminar rápido que hacerlo lento.

Marchar más rápido, con largas zancadas, fuertes movimientos de los brazos, mayor vaivén de las caderas, con los hombros sueltos a los lados, implica un ritmo más dinámico. Quienes fluyen al transitar se muestran relajados, abiertos, aventureros; sugiere que la persona es inquieta y desea cumplir sus metas lo antes posible: una persona determinada y firme. Transmiten una actitud juvenil y despreocupada.

Pasear lento y rígido, con pasos más cortos, con un balanceo más reducido del cuerpo y de los brazos, con el cuerpo o los hombros inclinado hacia adelante o encorvado, dan la apariencia de mayor edad. O, también, sugiere un tipo de persona más introvertida, tímida o vulnerable. En ocasiones puede denotar situaciones de tristeza o depresión.

A los grandes caminantes de la historia (Thoreau, Nietzsche, Rousseau, Haslitt, Stevenson, Rimbaud…) les gusta caminar solos. Algunos de ellos caminaban entre tres y ocho horas diarias.

Más allá de las formas estándar de circular, cada persona tiene su estilo propio. Recuerdo a un hombre rocoso, corpulento, voluminoso, que arrastraba su cuerpo tambaleándose lateralmente, meciéndose como un paso de Semana Santa, o como cuando uno anda con chanclas sobre un pedregal. Los brazos no se movían alternativamente avante y atrás sino verticalmente arriba y abajo. Sus opiniones en política oscilaban, como su cuerpo, a derecha e izquierda, o viceversa, según por donde anduvieran sus intereses económicos. De carácter jovial y afable, jamás se le vio ebrio.

Una mujer, ni joven ni vieja, no era original por sus andares. Aunque era vagarosa, y se movía continuamente, presumía de cambiar todos los días de ruta, de dirección, aunque fuera a los mismos sitios. No le gustaba repetir los caminos. Si era posible hacía la ruta en zigzag. Era aventurera, sin destino fijo. Un poco salvaje, abierta y soñadora. Repartía versos suyos por las calles sin esperar nada a cambio.


          Recuerdo a un profesor, a su vez sacerdote, delgado y enjuto como un fideo, con su traje gris impecable y sus zapatos siempre brillantes. Caminaba sedoso como una pluma mecida por la brisa, casi invisible. Pero su originalidad consistía en transitar con la cabeza inclinada lateralmente, hacia la derecha, en un gesto religioso un poco forzado pero inmutable. Parecía un figurante de El entierro del conde de Orgaz de el Greco. Como profesor de literatura pidió a sus alumnos un cuaderno de dos rayas para anotar unos apuntes de lo más escuálidos. Parecía querer educarlos para ser copistas de la Edad Media.

Y si hay andares míticos, ahí están los de algunos actores. Me los sugirió un sabio, amigo de la vida. De la época dorada del cine destacó, como no, a Henry Fonda en “Falso culpable”. De todos es conocida la anécdota de que cuando un periodista le preguntó al gran director John Ford qué era el cine, éste contestó que el cine era ver andar a Henry Fonda. “Alto, delgado y parsimonioso, Hank (que así le gustaba que le llamaran cuando llegó a Hollywood) caminaba con pasos característicamente largos y se movía con una plácida pero inconfundible autoridad, con andares que sólo pueden ser calificados de felinos en su delicada deliberación. Podía cambiar su forma de arrastrar los pies por aquello de añadirle un matiz al tipejo que interpretaba”.  https://www.jotdown.es/2013/06/andares-oda-a-los-actores-que-supieron-que-hacer-con-sus-piernas/

O Gregory Peck. “El andar más señorial que ha dado el cine. Sí, la razón es bastante obvia: Atticus Finch en “Matar a un ruiseñor”. Aunque —debe quedar claro— Peck nunca pudo ocultar que para sobrellevar su metro noventa debía caminar como si en realidad no estuviera por encima de nadie: más un faro que una nube”.

O Gary Cooper en “Solo ante el peligro”, Robert Michum en “La hija de Ryan”, Steve Mcqueen en “La gran evasión” o James Dean en “Gigante”. De los recientes: Clint Eastwood o Robert de Niro, por ejemplo.

Son famosos los paseos de Greta Garbo por Nueva York. Recorría diez kilómetros en círculo. Llegó a decir: “Pasear es mi mayor placer. A veces voy adónde vaya la persona que tengo delante. No habría podido sobrevivir aquí sin pasear. No podía pasarme las veinticuatro horas en este apartamento. Salía a observar a los seres humanos”.

Es común establecer un paralelismo entre el camino y la vida. Como se hace una larga caminata así se “recorre” la vida: ¿Vas apresuradamente, queriendo llegar pronto a tu destino? ¿O caminas despacio, disfrutando del paisaje? ¿Te gusta caminar solo y en silencio? ¿O prefieres ir acompañado? ¿Vas con la mirada fija en el suelo? ¿O eliges otear el horizonte?

"La lentitud consiste en adherirse perfectamente al tiempo, hasta el punto de que los segundos se desgranan, gotean como la lluvia sobre la piedra. Este estiramiento del tiempo profundiza el espacio. Es uno de los secretos de la marcha: un acercamiento lento a los paisajes, que los vuelve progresivamente familiares. Es como cuando se frecuenta a alguien y la amistad va acrecentándose… (Andar, una filosofía; Frédéric Gros, pos. 414-424, editor digital Titivillus).

El camino y la vida tienen un doble reto: avanzar a través del tiempo y aceptar el silencio que nos abre a nuestras reflexiones más íntimas, en el diálogo entre el cuerpo y el alma.

Pero en el camino como en la vida vivimos también en una conexión plena con el presente más inmediato, con todo lo que me rodea y con todo lo que en ese momento pasa por mí.

En el camino y en la vida tenemos proyectos, metas, que nos proponemos; etapas parciales en las que debemos avanzar con constancia. Llevamos una mochila (en el caso del alma nuestra historia personal) que no debe ir muy cargada si queremos llegar lejos. A esto se refería el poeta cuando hablaba de andar “ligeros de equipaje”.

En la mochila no debemos llevar cosas innecesarias para que su peso no supere nuestra fuerza. Esto nos obliga a preguntarnos acerca de lo esencial y necesario para vivir.

"Frugalidad no es exactamente austeridad. Quiero decir con esto que la austeridad conlleva siempre la idea de resistir la tentación del exceso: demasiada comida, demasiada riqueza, demasiados bienes, demasiado placer. La austeridad denuncia la tendencia del placer al exceso… La frugalidad, en cambio, es descubrir que la sencillez satisface por completo, descubrir que se puede gozar plenamente con muy poca cosa: con el agua, una fruta y el soplo del viento. ¡Ah!, escribe Thoreau, ¡poder embriagarse con el aire que se respira!" (Andar, una filosofía; Frédéric Gros, pos. 1039-1044, editor digital Titivillus).

En el camino como en la vida hay unos pasos que recorrer. Conectan un origen (un “aquí”) con un destino (un “allí”) En el recorrido una acción que nos va definiendo. No hay camino cierto. Cada uno de nosotros va configurando su camino, su sendero, su historia personal, llena de aciertos y de errores, de momentos felices y tragos amargos. La existencia precede a la esencia, que dice la máxima existencialista. Estamos arrojados a esta marcha que nos lleva siempre al frente. Detenerse, abandonar el camino, es dar un salto al abismo, a la muerte.

Tanto en el camino como en la vida debemos aceptar los contratiempos, las dificultades, que forman parte del viaje. Esos imprevistos que están en la vida y que cuando los superamos vamos desarrollando habilidades y adquiriendo experiencia. Nuestra capacidad de superación aparece en la medida en que enfrentamos retos, corremos riesgos y buscamos soluciones a las circunstancias adversas.

Eternidades "Llegará un día en el que dejaremos también de estar preocupados, acaparados por nuestras tareas, prisioneros de ellas -conscientes de habernos inventados muchas, de imponérnoslas nosotros mismos-". (Andar, una filosofía; Frédéric Gros, pos. 942, editor digital Titivillus).

En el camino y en la vida, nunca caminamos solos. Siempre encontramos personas delante nuestra y tras nosotros. Habrá quienes nos acompañen un trecho y puede llegar un momento en el que vayamos a diferentes ritmos o nuestros caminos se separen.

"... Detesto la solemnidad de los solemnes, pero creo que, si algo es realmente importante en este mundo, eso es conseguir que nuestras cosas tengan un sentido, en las dos acepciones de la palabra; es decir, una razón de ser, pero también una dirección. Un sustento y un horizonte. Una finalidad y una orientación". (Caminar, Prólogo, Hazlitt y Stevenson, pos. 78, Editor digital Titivillus).


Publicado en "La Voz del Sur".

 

 

sábado, 20 de marzo de 2021

"¿Por qué él o ella y no yo?"

    

                                                                         (Sofía Loren y su elocuente mirada a Jayne Mansfield)

    “Cantaba, saltaba e inventaba juegos mejor que nadie. Recibía los mejores regalos, los mejores caramelos, los mejores cumplidos… Yo tenía trece años, era un colegial. Me había eclipsado por completo. Sin embargo, yo también estaba acostumbrado a que los compañeros me admiraran. En mi clase era el cabecilla y ganaba todos los premios. No soportaba aquella situación. Cogí a la niña en el pasillo y la agarré de la nuca. La despeiné y le arañé su preciosa cara. En aquel instante admiraba a esa niña y la odiaba con todas mis fuerzas… Así fue como conocí la envidia por primera vez. ¡Qué horrible es odiar! Susurré: ¡No te atrevas a eclipsarme!” (De la novela “La envidia” de Yuri Olesha).

    La envidia es el pecado capital de las mil metáforas: el alma pequeña para Aristóteles, la carcoma del alma para San Cipriano, el gusano roedor para Cervantes, el ojo malvado de Francis Bacon, la vieja pálida y débil para Cesare Ripa, el vórtice de la envidia para Nietzsche, el tema de Caín en Unamuno, el mordisco para Francesco Alberoni, el tormento de la impotencia de Salvador Natoli, el veneno del alma para Scheler, el monstruo de los ojos verdes para Marina Porras…

    “Una conversación entre mujeres:

-             ¡Me cae mal!

-             Oye, ¡pero si ni la conoces!

-             Sí, ¡pero me cae mal!

    "Envidia viene de la palabra latina "invidia", que es un derivado del verbo "invidere", que significa 'mirar mal'. La envidia es una mala mirada: una mirada rencorosa, llena de veneno. Pero también significa 'mirar demasiado de cerca'. Cuando no se pone suficiente distancia con aquello que miras, tienes más posibilidades de mirarlo mal y, por lo tanto, de envidiarlo. En esa mirada se expresa un disgusto, un malestar, respecto del bien, de las cualidades y de la superioridad del otro. "La mirada del envidioso es oblicua; rápida y fulminante, porque quien la tiene no quiere ser descubierto". (La envidia, Marina Porras, pág. 18, Fragmenta Editorial).

    “En el colegio le decían: “¿Qué es el viento? Las orejas de Eugenio en movimiento”. Lo insultaban por el tamaño de sus pabellones auditivos; algunos lo llamaban Dumbo. De esta manera lo infravaloraban porque sacaba unas notas estupendas”.

    ¿Qué envidiamos? Envidiamos multitud de cosas que tienen nuestros semejantes y que deseamos: el dinero, el poder, el status, la fama, el talento, la belleza, la salud, las buenas relaciones intrafamiliares, la popularidad de un compañero de clase, el tener muchos amigos, la promoción profesional de un colega, la casa lujosa del vecino, el reparto desigual de una herencia entre hijos… Y también: la elegancia del otro, la sonrisa, la aureola de luz que lo rodea, el tono y el ritmo de su voz, la fluidez y la seguridad en la exposición de sus ideas, su personalidad contundente, los elogios que recibe…

    “Una mujer guapa y rica, que ve cómo una amiga menos hermosa y más pobre y puede que hasta más sosa alcanza el amor de un hombre cuya conquista pretendía; o esa escritora consagrada que contempla cómo avanza en el éxito intelectual una amiga a la que siempre ha tenido por torpe".

    Las expresiones de la envidia: “Si somos todos iguales, ¿por qué él o ella y no yo?”; “Yo quiero tener lo mismo que tiene aquél” o "Yo no quiero que aquél tenga más que yo"; “Las cosas no me quieren. Las cosas le quieren”. Si pudiéramos simplificar el concepto de la envidia en una palabra esta sería con seguridad la preposición “sin”, así como el conector que representaría al envidiado sería la preposición “con”.

    Desde pequeño supe que la naturaleza no me había dotado con virtudes destacables. En una familia de guapos, mi rostro me parecía ridículo. A veces, en clase, señalaban mi sentido común. Cualquier cumplido que me hacían me parecía un premio de consolación. Pronto tuve que espabilar…”

    Los sentimientos de la envidia: La envidia se lleva por dentro, en la intimidad subjetiva; es algo vergonzoso que no debe exhibirse bajo ninguna circunstancia. Se vive como una declaración de inferioridad. Te sientes “un don nadie”.

    El origen de la envidia está en un movimiento de expansión: “quiero más dinero, quiero más éxito, quiero más fama, quiero más reconocimiento…”; al no conseguirlo se arrastra uno hacia el fracaso y la depresión.

   Te gustaría reducir el talento o las cualidades del otro; un sentimiento que no busca que a uno le vaya mejor, sino que al otro le vaya peor.

    Y cuando el envidiado fracasa sientes alegría. Este sentimiento es una de las mayores fuentes de hipocresía, porque, cuando lo tienes, aunque estás contento en tu interior, te muestras falso y aparentemente preocupado.

    El envidiado trata de no sobresalir, de no brillar, porque no quiere atraer la mirada aviesa de los demás, el “mal de ojo”. De este modo, prefiere vivir en la mediocridad.

     “¿En qué soy peor que él? ¿Es más inteligente? ¿Es de mayor nobleza?  ¿De sustancia más delicada? ¿Más fuerte? ¿Más importante? ¿Por qué debo reconocer su superioridad? Éstas eran las preguntas que yo me hacía”.

    La comparación: La envidia comienza con el “método comparativo”. Es una pasión que se desarrolla en la relación con los demás: el propio bien o el propio valor, tanto si es material como espiritual o intelectual, se mide siempre a partir del bien o el valor del otro.

    La envidia se desarrolla siempre en una relación horizontal: con los hermanos, con los amigos, con los compañeros de clase, con los vecinos, etc. Los que ostentan una posición de superioridad (los magnates, los jefes políticos, los reyes…)  están al margen de la envidia del ciudadano común. El ciudadano tiene como espejo a sus iguales.

    La envidia es también una cuestión de distancia: cuanto más cerca estamos de lo que envidiamos, más fuerte es la pulsión envidiosa.

    Scheler… enfatiza que la comparación es una estructura universal de lo humano, aunque puede asumir diferentes connotaciones: el hombre noble es consciente de su propio valor "antes" de compararse con el otro. El hombre común la desarrolla solo ""en el momento" de la comparación y "en virtud", precisamente, de ella"". (La envidia, pasión triste; Elena Pulcini, pos. 355-361, Antonio Machado Libros).

    “En realidad su trabajo no es tan bueno, pues los hay mejores”; “no es tan inteligente como parece”; “su novio en realidad no es tan guapo como dicen”; “ha conseguido el puesto de trabajo mediante enchufes”; “es muy inteligente, pero su falta de tacto con las personas le hará fracasar”.

    El resentimiento: Es la envidia cuando se instala en la personalidad con el paso del tiempo. Es la “envidia existencial” que se suscita no tanto por un objeto, sino por la existencia misma del otro. Es un rencor, un reconcomio, que nos arrastra hacia la maledicencia, la calumnia, el deseo de venganza o hacia la aviesa alegría por el mal ajeno.

   La envidia cuando te conviertes en un resentido lo eres para siempre. El envidioso se puede curar, pero el resentido solo puede pensar desde la infelicidad.

    "El hombre del resentimiento, dice Nietzsche "maltrata; su espíritu gusta de rincones escondidos, caminos transversales, puertas secretas, le encanta todo lo que está oculto, como si ese fuera "su" mundo, "su" seguridad, "su" alimento; sabe perfectamente en qué consiste callar, no olvidar, esperar el momentáneo empequeñecimiento, la humillación. (La envidia, pasión triste; Elena Pulcini, pos. 334-349, Antonio Machado Libros).

    “La envidia calumnia, desacredita, denigra, descalifica, desconsidera, deshonra, desprecia, desprestigia, difama, elimina, estigmatiza, falta, ignora, infama, marginar, menosprecia, ningunea, relega, silencia, subestima, vilipendia…”

    La envidia y la patología democrática: En la democracia, según Elena Pulcini, la envidia tiene su propio e ideal caldo de cultivo: "Si todos somos iguales, ¿por qué él o ella sí y yo no?".

    La envidia actúa como gran niveladora: si no puedo ser como (o más que) tú, entonces, lo que deseo es que tú seas como yo (o menos que yo), miembro indistinguible dentro de la masa de semejantes en la cual nadie tiene derecho a sobresalir. El "gusto por la nivelación" elabora estrategias para obstaculizar cualquier pretensión de distinción y de excelencia, da origen a una sociabilidad que se constituye bajo el lema de una "aurea mediocritas", en la cual a nadie se le autoriza para sobresalir por encima de la confortante uniformidad de la masa.

    Cuanto más uniforme se va haciendo la sociedad, dice Tocqueville, más insoportable se hace "la mínima desigualdad" y va a alimentar, en una espiral de reciprocidad, la pasión por la igualdad.

    Sucede, como consecuencia, que las personas se sienten culpables de la propia distinción y del propio éxito y se pliegan a los códigos colectivos uniformizantes y a aceptar de hecho la nivelación: nos bajamos a nosotros mismos al nivel del otro. Así, renunciamos de manera inconsciente a nuestra propia originalidad y a nuestra diferencia.

    "Queda, cuando menos, el hecho de que podamos extraer una lección de todas estas consideraciones: la igualdad es una conquista irreversible de la modernidad, siempre que dicha igualdad no se sostenga en la envidia, sino en un sentimiento de justicia. En el primer caso, la igualdad desemboca, efectivamente, en un igualitarismo nivelador lesivo para la libertad, mientras que en el segundo parece capaz de acoger y contener las diferencias". (La envidia, pasión triste; Elena Pulcini, pos. 1686-1693, Antonio Machado Libros).

    Tres citas de autores:

    Dante cuenta en "La Divina Comedia" como a los envidiosos se les cosen los ojos con alambre. "Y como a su pupila el sol no hiere, / así a las sombras de las que hablo ahora / la luz del cielo hacerse ver no quiere / que un alambre sus párpados perfora / y cose, como le hacen al salvaje / gavilán, que su furia no demora" (La Divina Comedia, Dante, El Purgatorio, Canto XIII).

    "¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabias". (Don Quijote de la Mancha, Cervantes, Segunda Parte, Capítulo VIII).

De lo que llaman los hombres                                                            

virtud, justicia y bondad,

una mitad es envidia,

y la otra no es caridad.

(Proverbios y cantares VI, Antonio Machado). 

    ¿Cómo superar la envidia?

    Desarrollando lo más auténtico de la persona: su originalidad, su singularidad. Saber qué quieres hacer de tu vida y no tener pereza para conseguirlo.

    Admirar las cualidades y los éxitos ajenos que les han permitido a otros alcanzar sus sueños.

   Emular a los más valiosos como estímulo para expandir nuestra propia personalidad y ampliar nuestras propias habilidades.

   La indignación justa frente a los que disfrutan de éxitos y privilegios sin merecerlos.

   Apoyar una sociedad que sea capaz de garantizar los derechos humanos y una distribución más equitativa de los recursos.

    Fomentar valores como la generosidad, la solidaridad (o su versión cristiana: la caridad), la misericordia, la gratitud, la fraternidad, la compasión.

    "... por tal motivo la emulación es digna y propia de personas dignas, mientras que envidiar es vil y de gente vil, pues mientras que uno, por la emulación, se prepara a sí mismo para alcanzar esos bienes, otro, por envidia, lo hace para que el prójimo no los alcance...". (Retórica, Aristóteles, Libro II, Cap. XI, 1388b, pág. 178, Alianza editorial).


Publicado en "La Voz del Sur".

La honradez

 

                                                                  ('Psique honrado por el pueblo', de Giordano)


        He elegido este valor humano como objeto de esta reflexión porque, aunque mi padre era un hombre de una pieza, rico en valores, solo nos exhortó explícitamente muchas veces para que fuéramos honrados. Andaba estos días recordando y me pregunté: ¿Qué es la honradez? Y les aseguro que no acababa de tenerlo claro. Mi padre usaba el término en el sentido de que no metiéramos la mano, que no robáramos. “Un hombre honesto no roba lo que no es suyo” -decía. Desconozco por qué mi padre insistía tanto en esto. Acaso conocía bien uno de los rasgos históricos del ciudadano español: Su carácter de pícaro; la picaresca.

Aunque el interés de esta reflexión no se centra en la picaresca, solo para refrescar la memoria, como botón de muestra, presento tres situaciones, con la seguridad de que ustedes conocen muchísimas más: empresarios que emplean a trabajadores por ocho horas pero que sólo cotizan a la Seguridad Social por este trabajador cuatro horas; trabajadores por cuenta propia, no dados de alta como autónomos, que ganan al mes el sueldo de un médico, pongamos por caso, y que están fuera del control de Hacienda; y el último caso, que está en boca de muchos españoles: los políticos (no todos) que están ahí únicamente para enriquecerse. Lo peor de estas situaciones es que están aceptadas, alentadas y justificadas por muchos ciudadanos.

Pero vamos al grano. A ver si consigo entender medio bien qué es la honradez. Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y atendiendo a los conceptos de honrado, honesto, honrar y honestar, recojo los significados más relevantes: Rectitud de ánimo, integridad en el obrar. Decente o decoroso. Recatado, pudoroso. Razonable, justo. Respetar a alguien. Portarse con moderación y decencia. Obviamente no da una explicación suficiente.

Desde un punto de vista ético-filosófico, la honradez dimana de nuestro mundo interior, de la conciencia de la persona, y se plasma en el mundo exterior a través de sus acciones. Algunas notas características de la persona honrada son:

Sabe lo que es lo correcto con respecto a lo que él quiere y desea desde el fondo de su corazón para su propia vida. Y pone los medios para su realización.

Respeta las buenas costumbres, los principios morales y los bienes ajenos:

El individuo adecúa su conducta a las normas que son consideradas correctas por la comunidad en que se desenvuelve.

Ama a la justicia por encima del beneficio personal o de la conveniencia. Quien es honesto no toma nada ajeno, ni espiritual ni material. Es la acción constante de evitar apropiarse de lo que no nos pertenece.

Ama a la verdad: De las personas honestas se espera que digan ante todo la verdad, que sean justos y razonables, que sean transparentes en sus motivaciones. Me viene a la memoria un cuento archiconocido de Pinocho, de Carlo Collodi, seudónimo de Carlo Lorenzini (1826-1890). Después de haber mentido Pinocho en varias ocasiones seguidas, el Hada que lo mira, se ríe y le dice: “Las mentiras, niño mío, se reconocen en seguida, porque las hay de dos clases: las mentiras que tienen las piernas cortas y las mentiras que tienen la nariz larga; las tuyas, por lo visto, son de las que tienen la nariz larga”. (Las aventuras de Pinocho, Carlo Collodi, págs. 97-103, Alianza Ed.)

La persona honrada busca la coherencia entre lo que piensa, dice (predica) y hace. Ningún pensamiento se opone a otro, ninguna palabra está en desacuerdo con otra y ningún acto contradice la palabra. Sostiene su punto de vista delante de auditorios muy diferentes y su conducta será la misma esté donde esté. No actúa de acuerdo a lo que resulta más conveniente hacer o decir a los demás. Es tener identidad y coherencia para estar orgulloso de sí mismo. Esta característica es básica para los padres y los maestros que son modelos de referencia para sus hijos y sus alumnos. “Los hijos solo obedecen a los padres cuando ven que los padres obedecen la regla. El orden y la regla, una vez establecidos y reconocidos, son la más fuerte de las potencias.” “Lo que se comunica –que el calor del entusiasmo es indispensable para todas las instrucciones con las que se desea que pueda empaparse el alma de los niños. Es preciso que un maestro tenga algo de lo que se comunica.” (Pensamientos, Joseph Joubert, págs. 372 y 348, Península).

 “Ser honesto es ser real, genuino, auténtico, de buena fe. Ser deshonesto es ser falso, impostado, ficticio. La honestidad expresa respeto por uno mismo y por los demás. La deshonestidad no respeta a la persona misma ni a los demás. La honestidad tiñe la vida de apertura, confianza y sinceridad, y expresa la disposición de vivir a la luz. La deshonestidad busca la sombra, el encubrimiento, el ocultamiento. Es una disposición a vivir en la oscuridad”. (El libro de las virtudes, William J. Bennett, pág. 463, Ed. Vergara)

He conocido muchos hombres honrados. No estoy de acuerdo con el filósofo cínico Diógenes cuando afirma que en Atenas y Corinto “con vela y farol, cuando brillaba el sol, busqué hombres honestos, mas no pude encontrar ninguno” (El libro de las virtudes, William J. Bennett, pág. 463, Ed. Vergara). Obviamente me refiero a una honradez viva, real, no exenta de contradicciones, que está moldeada/limitada por el contexto espacio-temporal que a cada uno le ha tocado vivir. El hombre honesto asume sus limitaciones, sus imperfecciones, sus errores, sus estupideces. Porque la moral pura es irreal e inhumana, incluso puede llegar a ser cruel.

Michel de Montaigne en sus Ensayos Completos, página 226 (Cátedra) afirma: “… Podemos tornar en vicio la virtud si la abrazamos con deseo demasiado ávido y violento…” Y recoge un texto clásico: “Al sabio llamaríamos insensato, al justo injusto, si buscara la virtud misma más allá de lo bastante.” (Horacio, epist. 1,6, 15-16).

        También, Albert Camus en “El hombre rebelde”, página 283-284, editor digital Titivillus, se refiere a la necesidad de una moral realista y de un realismo moral. Dice así: “La revolución del siglo XX decreta que los valores están mezclados con el movimiento de la historia… La mesura… nos enseña que hace falta una parte de realismo a toda moral: la virtud enteramente pura es criminal; y que hace falta una parte de moral a todo realismo: el cinismo es criminal. Por eso, la verborrea humanitaria no está más fundada que la provocación cínica. El hombre, por último, no es enteramente culpable, no comenzó la historia; ni totalmente inocente, puesto que la continua. Los que sobrepasan este límite y afirman su inocencia total acaban en la rabia de la culpabilidad definitiva”.

        Por último, Joseph Joubert en un texto más breve (Pensamientos, página 203) asevera: “… ninguno de nosotros está destinado a saberlo todo y a no engañarse nunca”.

He aquí algunos ejemplos de conductas honestas:

Hay hombres y mujeres que cumplen hasta la extenuación realizando el trabajo por el que le pagan a final de mes; un trabajador honesto no intenta descargar su trabajo en los compañeros, sino que sabe hasta dónde llegan sus responsabilidades y cumple con sus competencias; he visto a buenos profesionales que tratan con igual respeto a los compañeros, tengan el nivel que tengan, en la escala jerárquica laboral. “Hacia ahí han de dirigirse tus pensamientos; hacia ahí han de ir tus afanes y deseos, sin pedir nada más a los dioses: a estar contento contigo mismo y con los bienes que nacen de ti mismo. ¿Qué felicidad más a tu alcance que ésta? Redúcete al nivel más humilde, un nivel del cual no puedas ya caer…”. (Cartas morales a Lucilio, Séneca, pág. 47, Planeta).

 

He conocido personas que se han negado a aceptar enchufes para medrar; he visto personas y algunos políticos que no se aprovechan de las dietas de la Administración cuando no las han trabajado; he visto personas que donan una parte no baladí de su salario a acciones solidarias. “Lo que deprava al hombre no es el deseo de los verdaderos bienes, sino el deseo de los que son falsos. Jamás pueblo alguno se corrompió por tener trigo, frutos, un aire puro, mejores aguas, artes más perfectas, mujeres más hermosas, sino por tener oro, pedrería, súbditos, poder, un falso renombre y una injusta superioridad”. (Pensamientos, Joseph Joubert, página 284, Ed.  Península.)

He conocido personas que ajustan sus gastos a sus ingresos y viven la penuria económica con serenidad; otros que informan al vendedor cuando se ha equivocado a su favor con el cambio; a algunos políticos honestos que no aceptan sobornos, mantienen su compromiso con el bien común y no salen del cargo público convertidos en millonarios. “Señores, no tengáis en cuenta si hablo con gran libertad, sino si lo hago sin tomar nada a cambio y sin sacar provecho para mis asuntos”. (Ensayos completos, Michel de Montaigne, pág. 777, Ed. Cátedra)

He visto seres delicados que cuidan sus palabras para no herir a otros; personas que no se ocultan, que siempre dicen la verdad, aunque pueda perjudicarles; he visto gente muy bien informada que jamás presumen de sus conocimientos; he visto seres humanos que asumen la responsabilidad de sus errores, rectifican y corrigen cuando ha sido necesario. “… aceptad de buena fe que ayer no fuisteis excesivamente honesto, ni excesivamente prudente, ni excesivamente moderado. ¡Felices los que vivan hoy con vos!”. (Pensamientos, Joseph Joubert, pág. 403, Ed. Península).

Hay personas recias qué a pesar de haber recibido muchos palos de la vida, de haber tenido que aceptar realidades duras, se niegan a perder la esperanza y siguen tratando de sobrevivir con dignidad; hay amigos que se llevan a la tumba el secreto que otro amigo le ha confiado; hay seres que por ser fiel a sus principios viven en soledad.

Estas acciones sirvan de ejemplo. Seguro que hay muchísimas más. En todas ellas se refleja la necesidad de ser fiel a sí mismo, a la propia conciencia. “El freno de oro no hace mejor al caballo… Nadie debe gloriarse más que de lo suyo propio. Admiramos la vid cargada de fruto, cuyo peso doblega los puntales que la sostienen; ¿la preferiríamos a otra que tuviese las hojas y los racimos dorados? La fertilidad es la virtud propia de la vid; en el hombre no se debe celebrar más que aquello que le es propio.” (Epístola XLI, Séneca, págs. 1123-1126, EDAF). De lo contrario, seremos aparentemente cuerdos, pero en el fondo de nuestro ser estaremos perturbados.

Lejos de mi deseo que esta reflexión se convierta en una arenga moral, demagógica. No pretendo, tampoco, proponer una “secta de los morales”, porque la honradez es un valor personal que no se puede adscribir de entrada a ningún movimiento religioso o político. Porque, además, creo que no hay un único modo de ser honrado. Comportamientos aparentemente inmorales según una determinada cultura, pueden resultar coherentes según otra. Las únicas acciones humanas repudiables son aquellas que se basan en la crueldad y el maltrato, o que atentan contra los derechos humanos.

Finalmente, tengo noticias fehacientes bien documentadas de que se ha creado a nivel internacional, en todas las grandes ciudades, el Instituto Económico de Formación y Fomento de Gorrones (IEFFG), fundación cultural vinculada a una Entidad Bancaria.  Su lema es: “El pardillo nace, el competente se hace”. Su finalidad: Crear expertos en estrategias económicas cotidianas de expoliación y en técnicas para mantenerse por debajo del radar de los distintos sistemas de Hacienda. Se han apuntado a sus cursos muchos políticos y la élite económica de cada una de las ciudades, los avispadillos de cada pueblo y quizás yo, aún me lo estoy pensando.


Publicado en "La Voz del Sur".

https://www.lavozdelsur.es/opinion/la-honradez_183472_102.html

 

 

 



 

 

 

Lo que pido a los políticos

    Sinceramente, no me interesa la política del día a día, es demasiado inmediata y poco interesante. Tampoco me gusta la política de lucha de poder, de movimientos tácticos sin objetivos a largo plazo para nuestro país.  Solo me atrae la política en la medida en que mejora la vida de los ciudadanos y que éstos, de algún modo, ganen presencia y aumenten su control sobre la vida pública.

    Dicho esto, pergeñaré lo que le pido a los políticos:

    En primer lugar me parece imprescindible para ser un buen político que haya sido previamente un buen ciudadano. Y un buen ciudadano es el que ha trabajado como adulto por cuenta propia o ajena. Antes de participar del poder han debido de tener una vida de servicio público a través del trabajo. Esta experiencia elemental los situará lejos de la demagogia y en la realidad, y les permitirá tomar decisiones basadas en criterios objetivos. Sé, por desgracia, que esto no es así en muchos casos.

    Que no entiendan la política como una profesión para ganarse el sustento. Que no se eternicen en los cargos o de cargo en cargo. Si una actividad es, en un sentido puro, vocacional esa es la política. Vocación de servicio público, sentido comunitario. Aunque sé que, por desgracia, esto no es así en muchos casos.

    Esto anterior implica que debe tener un conocimiento técnico y una sensibilidad honda hacia la realidad social. Hay dos formas de conseguirlo: haber trabajado con continuidad en organizaciones sociales  o bien mediante estudios universitarios especializados, alcanzados legal y regularmente. Esto le permitirá aportar opiniones fundamentadas en el rigor, la ciencia y el humanismo, y rechazar las supercherías. También sé que, por desgracia, esto no es así en muchos casos.

  Me gusta mucho en un político que tenga un criterio propio sobre las cosas, personalidad en las opiniones que emite. No soporto la censura impuesta y aceptada de un argumentario de partido. Quiero políticos librepensadores. Es donde se demuestra la valía de una persona, que es anterior al cargo político. No me interesan los políticos típicos, mediocres y aburridos. ¡Qué envidia de los parlamentos anglosajones donde algunos políticos opinan y deciden en contra, algunas veces, de su propio partido! Aunque sé que, por desgracia, esto no es así en muchos casos.

    Un político tiene que tener proyectos: saber qué quiere hacer de su ciudad, comunidad autónoma o Estado. Esto significa muchas horas de reflexión libre y creativa, individualmente y en equipo. Ya sé que el político es, fundamentalmente, un hombre de acción, pero si no piensa no aporta nada nuevo.  No me gusta que el político sea un mero gestor conservador, en muchos casos ni eso, del aparato burocrático que se encuentra. Sé que, por desgracia, esto es así en muchos casos.

    Un político debe mirar por su pueblo y, dentro de su pueblo, por los más pobres, los más necesitados. Tiene que ser justo y tener un hondo sentido de la justicia. Aquí es clave el respeto y el desarrollo lo más amplio posible de los Derechos Humanos. También debe ser sensible a las reivindicaciones populares y a los movimientos sociales.  No obstante, debe tener un sentido de la justicia contextualizado. Por ejemplo: Si en el sector de las empleadas de hogar la mayoría son mujeres el objetivo debe ser mejorar sus condiciones laborales, y si en el sistema educativo el fracaso escolar es mayor entre los alumnos varones, la discriminación positiva debe ser a favor de éstos. Un político tiene que tener claro que está para servir a la comunidad y no para anteponer los intereses personales o de partido. Sé que, por desgracia, esto es así en muchos casos.

    Un político debe saber distinguir entre Iglesia y Estado. Esto conceptualmente está claro en la Constitución. Saber distinguir los dos planos es un proceso progresivo que se inicia en el Renacimiento y se consolida con la Ilustración. De la religión el ámbito privado, de la política el ámbito público. Salvo que se sea un hipócrita al que interesa mezclar todo, el político es un hombre público; cuándo participa de un acto religioso lo hace a título privado. Aunque sé que, por desgracia, esto no es así en muchos casos.

    Un político debe tener cierta coherencia ética: entre lo que dice y lo que hace; entre las distintas acciones que marcan su quehacer político. La política de codazos y mentiras no es agradable para la gente sencilla. El fin no justifica los medios. La división dentro de los partidos por intereses personales no tiene el apoyo de los ciudadanos.  La política debe impulsar a hombres educados y honrados, con cierta capacidad de consensuar acuerdos. Aunque sé que, por desgracia, esto no es así en muchos casos.

    En fin, no deseo ni héroes ni santos. Son cualidades personales; en otra ocasión podré reflexionar sobre la estructura de los partidos y del Estado. Solo exijo cierta calidad humana y técnica en nuestros políticos. Para eso sería conveniente que las listas electorales fueran abiertas, para poder elegir políticos de calidad que hagan aportaciones creativas basadas en las necesidades de la comunidad y que, de facto, bloqueen la omnipotencia de los líderes mediocres que nos gobiernan; salvo honradas excepciones, benditos sean.

    Comprenderán los lectores que, después de lo expuesto, para mí los mejores políticos son los ciudadanos de a pie que trabajan a diario con primor e ilusión para mejorar la vida de este país.


Publicado en "La Voz del Sur".

 

viernes, 4 de septiembre de 2020

Desvaríos de un demente (Michel de la Mer)

El mar fluye y el árbol crece, sin contradecirme ni asentir.

Sin desdeñar la belleza prefiero el atractivo, el buen gusto, el trato agradable y el humor. Esa gracia que permanece en el tiempo.

Él y ella, ella y él, aún tenían tiempo de cogerse de la mano y del brazo para ayudarse a llegar acompañados a la otra acera de la muerte.

Me gustan más las palabras ingrávidas, vaporosas, que me sugieren, que me inspiran, que me despiertan sentimientos, que me hacen volar; no así los mensajes contantes y sonantes, cerrados, que se quedan ahí, como palabras muertas. Me ahogan.

Soy como la mayoría de la gente: No sé cómo se hacen las cosas. Pero... juzgarlas... ¡de maravilla! No hay nada más peligroso que un ignorante motivado.

Tenemos el espíritu distorsionado, enfermo, del exceso de información inútil. Odio el dataísmo (la adoración de los datos) y el análisis, la nueva religión del big data y la inteligencia artificial. Prefiero a un vidente africano antes que a un analista de datos para predecir el futuro.

En el viaje de la vida prefiero un caminar sintético en lugar de analítico: me doy por satisfecho con las ideas que fluyen por mi mente sin necesidad de diseccionarlas.


Amar se expresa en el respeto, desde lo más cerca posible, a la persona completa, con sus virtudes y sus vicios, sus grandezas y sus miserias, sin excluir nada.

sábado, 23 de mayo de 2020

Selección de "Obviedades", de Michel de la Mer

Si la vida te da limones, haz una limonada.

Si el hombre tiene cerebro, puede pensar. Luego, la incultura no existe.

Quien mucho habla mucho yerra. Por eso, en el mundo reina el silencio. 

El hombre es un ser social, dijo Aristóteles ensimismado con su móvil.

El hombre y la mujer son libres; aun cuando estén casados.

Si los padres cuidan de los hijos, éstos cuidarán de los padres.

Cada palabra que los hombres emplean para hablar de caridad y/o solidaridad va ligada a hechos caritativos y/o solidarios. Por eso, no hay pobres en el mundo.

Me gusta que los comerciales exhiban su sonrisa; siempre van a favor del cliente.

La política es un circo. Su número principal son los trapecistas. El resto vive con las bestias.

Toda religión exhorta a la paz y al amor. Por eso, nunca hubo guerras de religión.


Un texto de acompañamiento:
«... La pequeñez humana es indescriptible. Es indiferente que el hombre piense o no piense; que crea o no crea.»

             Cuaderno gris, Josep Pla, página 229. 

jueves, 9 de abril de 2020

Desvaríos de un demente


Qué Dios bendiga a los creyentes y la Naturaleza honre a los agnósticos. ¡Qué Dios y la Naturaleza no se contradigan!

Dijo un amigo a otro: "Aquel hombre es un ser extraño". Le contestó su compañero de paseo: "Sí, seguro, como todos". El primero dijo: "Pues sí".

Duermevela: Para algunos hombres la pereza es dulce y suave; la somnolencia producida por la modorra es su ideal. ¡Qué agradable unos gramitos de elegida estupidez!

En la vida tenemos dos opciones: la angustia y el humor. Con el humor se sobrelleva la angustia. En todo caso, es mejor que la histeria colectiva. La risa alivia la pesadumbre de vivir.

Cuando nacemos el espíritu de los hombres está vacío de contenido, limpio y sereno como el azul. Tabula rasa. Es la inacción en medio de un ajetreo de acciones. Alejarse del ruido y del escándalo, incluso informativo, es una señal de inteligencia que vuelve al origen.

Antes de la oralidad estaba el silencio. Ahora, el silencio vence a la palabra.  Las palabras engañan, sobretodo la palabra hablada. O ha sido al revés: las palabras han sepultado inexorablemente al silencio.

Los intereses se disfrazan de ideas; como el cuerpo solo aparentemente se guía por el alma.

El día que tire la toalla. ¡Ay... el día que tire la toalla...! Se acabó todo, qué triste. Resurjo de las cenizas pero algún día me achicharraré sin retorno.

Es inmoral todo lo que impide la voluntad de vivir de una manera natural, según el criterio íntimo.

Si nadie nos avisó el día que nacimos, ¿por qué nos avisa la muerte con sus signos: el deterioro y las enfermedades? ¿Quién diseñó este tránsito?

El laicismo sigue amarrado a la tradición cristiana. La culpa y el miedo sobrevive en el  libre pensamiento después de la Ilustración.


Unas palabras que no son mías para terminar:


¡Intereses del mundo, no valéis lo que un suspiro!


Benito Pérez Galdós, Trece cuentos, La princesa y el granuja, Editorial Edaf, Pos. 2104

viernes, 20 de diciembre de 2019

Biografía de soledades

El primer frío: Expulsión de la placenta. Una niña abandonada en la basura. Desde entonces, siempre, al amanecer, la tristeza.

“Decidle a… -susurró la niña-.  Decidle a alguien que yo estoy aquí”. Del poema  “Nochebuena” de Eduardo Galeano.

La soledad es cuando en la pubertad, al atardecer, en un banco de un parque desértico, te descubres a ti mismo, por primera vez, sin lazos, sin norte. Se mira en un espejito cuarteado.

La soledad es cuando ante un acto fallido, la censura colectiva te reprende e injuria. ¡Maldita culpa!

Soledad es enredarte/perderte en tu monólogo. Muchas palabras que compartir sin tener con quién.

La soledad es una jaula de grillos en la cabeza que nunca silencian. ¿La locura?

Soledad es el caos, el abismo: nervios, excitación perenne. Vacío que excava en otro vacío.

La soledad es vivir en un mundo que no comprendes: Te abruma, te aturde, te lamina. ¡Condenada materia!

La soledad es tomar la decisión adecuada en un cruce de caminos retorcidos. Acorralado.

Heridas de amor: pérdida, derrota. No te roza su mirada, su sonrisa, su caricia. Extravío perpetuo.

La soledad es arrastrar una nube negra y ver al mundo sonreír. Invierno.

Hay palabras que hieren y palabras que acarician el alma. Las primeras ahondan la soledad, las segundas contagian paz y calor.

La soledad es ese paseo solitario en el que las ideas se decantan, se cimentan, y el alma respira. Oasis.

Soledad es vivir en el escepticismo que dan los años, el tiempo. Nada  lo revierte ni lo consuela. “Soy Paco. Tengo ochenta y siete años. Mi compañera se me fue. Mis hijas me dicen que vaya con ellas. Cuando estoy en su casa sentado siento que estorbo”.

La soledad es llegar después de una juventud enardecida, a una senectud de indiferencia. Mirándose sin mirarse.

Soledad es no conocer el tiempo exacto que te queda para morir. Porque el fluir del tiempo, en el transcurso de la vida, no tendrá piedad de ti. Campo de minas.

                             
                   Hay cosas peores que
                   estar solo
                   pero a menudo toma décadas
                   darse cuenta de ello
                   y más a menudo
                   cuando esto ocurre
                   es demasiado tarde
                   y no hay nada peor
                   que
                   un demasiado tarde.

                   Charles Bukowski




lunes, 22 de abril de 2019

Desvaríos de un demente


No hay dos olas exactamente iguales en el mar. Así es mi mundo interior: caótico y desordenado. ¿¡Cómo vivir mecido por las olas!?

Soy un tipo vulgar; solo podrás tratarme si sientes piedad por los seres disfuncionales.

Es común en los hombres maduros vivir una vieja sensación del deber cumplido solo a medias y del placer solo a medias disfrutado.

Y no olvides que la “mayoría” de los hombres son los muertos. Los vivos son una “minoría”.


El criterio es firme. La opinión es flexible. Si la opinión se guía por el criterio tenemos a una persona con carácter, al modo aristotélico. Si la opinión no se orienta por el criterio es voluble, veleidosa. Estamos ante el tarambana.

El aprecio procede del cariño, el menosprecio de la envidia y el desprecio del odio. Aprecio, menosprecio, desprecio. Hipocresía, ¡qué bien nos movemos entre los tres ámbitos aparentando justamente lo contrario de lo que sentimos!

Cuántos  pagos afectivos son en realidad estafas emocionales que seres ventajistas e inescrupulosos nos recaudan.

Lo que no es rutina es azar: Orden y caos. Providencia divina, planificación humana; todo debe suceder y sucede según lo previsto. ¿Por qué despreciamos el azar de lo natural, de la Naturaleza? Soberbia divina, vanidad humana.


Introduzco ahora una vivencia que no es de mi cosecha:

Facundo Cabral sobre su madre:
“Nunca pudo ser inteligente porque cada vez que intentaba aprender algo, llegaba la felicidad y la distraía”.