sábado, 7 de agosto de 2021

La llave



Dice el refranero español: “El pajar viejo, cuando se enciende, malo es de apagar”. Pero para encenderlo hace falta leña.

Les contaré una historia que acaso tenga que ver con esto.

Llevaban varios sábados coincidiendo en aquel pequeño tabanco repleto de clientes. Habían intercambiado miradas de reconocimiento y curiosidad. Ella, María del Pilar, estaba sentada con unas amigas en torno a una mesa redonda y bajita, de color verde con florecillas rojas y blancas. Él, Hipólito, para los amigos Polito, apontocado en la barra,  tomaba una copa de vino con un amigo mientras hablaba con el propietario del bar.

Eran las dos y cuarto de la tarde de un sábado de Septiembre cuando ella se levantó lenta pero decidida a pedir unas cañas, y se colocó justo al lado de él. En el barullo de la barra recibió un ligero empujón que hizo que rozara el costado de su cuerpo con el pecho de él. Polito interpretó aquel contacto inesperado como una llamada. Se serenó un momento y, después, más por bravuconear delante del amigo que por otra cosa, le dijo: “Olé, la mujer más guapa del bar”. Ella volvió la cabeza y, mirándolo, se sonrió. Para él el atractivo de las mujeres no era sentimental ni sexual, era sobretodo un asunto de subsistencia. Tenía una filosofía pragmática, utilitarista.

Ambos compartían el hecho de ser uno de los ocho millones y medio de singles, individuos que vivían solos en una vivienda. Tenían distintos motivos: Él era un solterón picaflor,  ella una divorciada con mucha dignidad. Ambos tenían el corazón abierto a nuevas amistades.

Polito, canijo y retaco, parecía un figurín elegantemente vestido. Pantalones blancos de pinza, camisa rosa palo con las mangas recogidas en el antebrazo, zapatos castellanos de color marrón. Se asemejaba a un junco, por su extrema delgadez y su corta estatura. Y, aunque se acercaba ya a la edad de la sazón y de la prudencia, aún conservaba cierta juventud que podía observarse en la sonrisa picarona de su cara.

Era su manera fraudulenta de presentarse en público. Su vida privada era otro cantar. Más pobre que las ratas ocupaba, accidentalmente, un cuartito prefabricado de madera adjunto a un chalet en un barrio residencial de la ciudad. Un abogado holandés le había cedido el cuartucho a cambio de que vigilara su vivienda.

Su ocupación habitual, además de ésta, era la de caminante: daba vueltas y vueltas como el tiovivo de una feria a ver qué caía. Y no era torpe para buscarse la vida en el chapú erótico, pues tenía mucha simpatía, y mucha labia, y sabía detectar con pericia de ingeniero los corazones solitarios. Su lema era: “Pájaro que vuela a la cazuela”.

Pilar era otra cosa. Jefa de Sección de una oficina de Hacienda, llevaba una vida cómoda y desahogada.  Con piso propio, pasaba las tardes con un horario regular, leyendo bestsellers o alguna revista del corazón, para después reunirse con sus amigas en un bar de la zona.

Se acercaba al sexagésimo cumpleaños, aunque aún latía en ella el deseo de recuperar su esplendor. Más puritana que libertina, mantenía a estas alturas cierto pudor emocional, que no físico. Hacía tiempo que había abandonado su tendencia natural a vigilar el orden y la moralidad.

No volvieron a verse en dos o tres semanas. Mas, un día, por azar, coincidieron en una de esas franquicias de ropa que hay en todas las ciudades. La coincidencia fue puramente casual: dos historias distintas llevaban a aquellas personas al mismo lugar.

Polito andaba huroneando con la seguridad de que no compraría nada en el establecimiento comercial que había sido un antiguo palacio, hoy rehabilitado.

Ella iba vestida con una prenda azul de algodón, con volantes y flecos, y unas sandalias de cuero de tacón bajo, tintadas en cobalto. Con el pelo rizado y negro iba sencilla pero elegante.

Él la vio primero y sintió un gozo repentino. Se acercó, la saludó y le preguntó cómo le iba. A lo que Pilar respondió:

-      Bien, con estos calores buscando ropita fresca.

Él, perspicaz como un lince, le pidió asesoramiento para comprarse una camisa. Ella le dijo con sorna:

-      ¿De la talla grande o infantil?

Lo dijo sin maldad, tal como le salió del alma.

Él, confundido, se sobrepuso con una risita un tanto ridícula y se dijo para sus adentros: “Para mí que por este camino no vamos bien” y le señaló un perchero. Ella fue enseñándole las que le parecían más bonitas y él simulando una elección imaginaria sabedor de que al final no quedaría en nada.

O tal vez sí, porque se citaron el viernes de la semana entrante para salir y se despidieron.

Nada más salir de la tienda él empezó a hacer su previsión económica. La cita supondría, al menos, una cenita y alguna copa, una cierta disponibilidad económica. Y no tenía ni un euro. Comenzó a inquietarse, pero estaba seguro por experiencia que encontraría una solución. Era lunes y aún le quedaban algunos días.

Barajó varias alternativas: pedir dinero a un amigo, entrar en la casa del holandés por si había distraído algunos eurillos, vender un anillo de oro de su abuelo… El miércoles por la mañana, después de dar muchas vueltas a su caletre, a las diez, entró en una iglesia del centro de la ciudad, a cuya cofradía pertenecía, y se sentó en actitud de meditación reconociéndose como un creyente agnóstico, por este orden. Pero es verdad, se decía a continuación, últimamente soy más agnóstico que creyente. Balbuceó: “En fin, Señor, perdóname, pero yo también soy pobre”. Y se sintió liberado de sus culpas.  

Oteó el ambiente sombrío del lugar, más que por razones estéticas, para asegurarse de que no había nadie y miró el cepillo de las limosnas. Sacó su móvil y, desde el lugar en el que se encontraba, le sacó una foto. Era una hucha de madera de veinte por quince centímetros. Pero viendo que no era el ángulo adecuado, se levantó y buscó dónde estaba la cerradura de la arquilla y enfocó con cuidado para captar lo mejor posible la forma de la llave, tratando de reflejar su tamaño real.

Una vez en su cuarto, añadido, como ya se ha dicho, a la vivienda del holandés, se puso a estudiar la forma y el tamaño de la llave. Observando las fotos, supuso que era una llave corta, de unos dos centímetros y medio,  de tubo, sin acanaladuras y con una única paleta que estaría exenta de muescas, o, en todo caso, con un par de dientes.

Con esta idea se fue a una tienda de antigüedades buscando la llave maestra. Saludó atentamente al dependiente panzudo y coloradote que regía el local y se puso a mirar detenidamente un mural de madera claveteado con infinidad de llaves. Seleccionó cinco, acordó con el anticuario un precio  barato y se marchó.

El jueves, después de la eucaristía, cuando la iglesia se quedó vacía, comenzó la operación. Probó una, dos, tres llaves y a la cuarta la cerradura cedió. Abrió la arquilla y con la velocidad del rayo guardó los cuartos en una bolsa de plástico que le habían vendido por veinte céntimos en una gran tienda de alimentación.

Cuando llegó a su cubículo, de tres al cuarto, volcó en el colchón todos los emolumentos de su trabajo, casi todo en calderilla, e hizo montoncitos por distintas clases de monedas, reuniendo en total cincuenta y seis euros, y treinta y cinco céntimos. Como disponía de treinta y dos euros de anteriores sablazos consideró que estaba a salvo su honor, sus intereses y su cita.

El viernes por la noche se puso su mejor ropa que no era sino la misma y acudió a la cita. Ella iba con un vestido rojo y con el alma encendida de alegría. Dicharachera y cercana. La cena y las posteriores copas transcurrieron contándose las cosas de sus vidas que se podían contar, en un tono amable y empático. Polito dijo que era óptico optometrista cuando en realidad lo único que había hecho era vender gafas con una maleta cuadrada por los bares de sus amigos. Ella le habló de su perra Lula, de pedigrí, que le daba mucha compañía. Entre sonrisas él se atrevía a acariciar el dorso de los antebrazos, caricias que eran bien recibidas por Pilar. De manera que ella lo invitó a cenar en su casa el domingo a las nueve de la noche.

Aunque dicen los expertos en protocolo, no sé por qué, que si te invitan a una casa no está bien llevar una botella de vino, lo cierto es que Polito se coló con una, la más barata del mercado, 0´99 euros, de etiqueta “Fidelidad”. Pilar no lo conocía, a pesar de ser buena catadora, pero lo acogió con gusto para acompañar al solomillo de cerdo con reducción de Pedro Ximénez y verduras a la plancha que ella había preparado. La conversación se centró en las bondades de la ciudad: sus monumentos, la amabilidad de sus vecinos, el buen tiempo casi todo el año, incluso, aunque era mentira, en la limpieza de sus calles.

Con la combinación del solomillo y el Fidelidad a Polito se le escapó un eructo como la erupción de un volcán. Pidió disculpas y se justificó diciendo que entre los esquimales eructar no es de persona maleducada; que cuando el anfitrión eructa y muestra su satisfacción, da vía libre al resto para corresponderle de igual manera con eructos. Lo cierto es que, en este caso, la anfitriona no eructó; se quedó boquiabierta haciendo una mueca de desagrado que él no percibió.

Cuando acabaron la primera botella Pilar sacó un Burdeos. Y continuaron hablando esta vez de personajes de la ciudad conocidos por ambos. Aunque el pueblo era denso en población, permanecía una cierta culturilla de chismorreo vecinal que daba mucho de sí. Pero se cuidaban muy mucho de criticar a las personas que percibían muy cercana del otro por aquello de no crear mal rollo.

Después del postre, una tarta casera de chocolate y galletas, saborearon un orujo de Galicia riquísimo. En ese momento, él encendió un Farias que dejó un olor nauseabundo en la casa pulcra y aséptica de Pilar, que reprimió en ese momento la ira que la dominaba. 

Y, después de recoger la mesa, acabaron sentados en el sofá tomando un ron Flor de Caña Centenario 18 con Doble Zero que ella había comprado para la ocasión. En ese momento, Pilar, generosa hasta el extremo, sacó una bolsa y se la entregó. Era una camisa de lino, de manga larga y cuello americano. Polito pensó para sí “por este camino vamos bien”, pero dijo: “¡Qué detallista eres, muchas gracias, me gusta mucho, no hacía falta!”

El ron estaba tan bueno, que Hipólito no paraba. Ella tampoco aunque tenía que trabajar a la mañana siguiente. Por fin, sobre las tres de la madrugada pasaron a la alcoba.

Por la mañana, a las siete y media, Pilar se levantó con un intenso dolor de cabeza, diciendo para sí: ¡Ay, qué efectos tiene un vino malo! Colocó en la mesita una bolsa con la camisa dentro y una nota que decía: “Lo tuyo es un fogonazo seco, pólvora mojada, un calor ficticio, una amagar para no dar. Cuando te levantes y te vayas me dejas la llave de la casa en el buzón, por favor”. 








                


La bondad: Las pequeñas acciones de los justos


                                   Albert Anker (Suiza, 183-1910) Die Andacht des Grossvaters, 1893.


"Quien no perciba lo más sencillo, tampoco sentirá lo más hondo. Paralelamente, una cultura alejada de la sencillez es también una cultura alejada de la profundidad". (La penúltima bondad, Josep María Esquirol)

La bondad tiene mala fama; en ocasiones, se la considera algo negativo. En una sociedad como la nuestra profundamente individualista y competitiva, ser bondadoso es hacer el idiota; cuando se dice de alguien que es buena persona, a veces, de inmediato se añade: “¡Un infeliz!” Un pardillo que “hace el primo”, que “hace el canelo”, que se deja engañar y manipular, que le toman el pelo. Lo que los argentinos llaman “un boludo”.

De pequeño era, por lo general, un niño “bueno”. No le gustaba meterse con nadie, ni que se metieran con él. “De tan bueno, eres tonto”, le decían una y otra vez su familia y algunos amigos. Y llegó a sentirse ingenuo, bobo, alguien de quien el mundo se iba a aprovechar si no espabilaba; no le salía ser de otra manera; estaba condenado a ser alguien débil; y tenía que hacer algo para que se notara poco y no le engañaran demasiado. Anhelaba un mundo en el que las personas pudieran ser vulnerables y se las respetara; no tener que estar siempre pensando “rápido” y siendo “fuerte”. Hizo un esfuerzo por cambiar y buscar la puerta de entrada al mundo de los triunfadores a base de empujones y exclamaciones de “yo, yo, yo…”.  Pero no le salió nada bien. Hasta que descubrió que no tenía ninguna tara: Que ser lento era lo que le sentaba bien; que ser tranquilo es lo que le permitía mirar sin prejuicios; que ser “bueno” era ser curioso, cuidadoso, respetuoso consigo mismo y con los demás, amoroso con el mundo que le rodeaba…; que la ingenuidad estaba por encima de ser competitivo, de ser el más listo, el número uno, el mejor, el más poderoso, el más rápido; que ser ingenuo era una forma bella de mirar el mundo, que la curiosidad le permitía ver, vivir sin ideas preconcebidas; que ser bondadoso es lo natural, lo espontáneo.

Antonio Machado en unos famosos versos de Retrato (Campos de Castilla), al autodefinirse refiere que es un hombre bueno, “en el buen sentido de la palabra”. Con esto el poeta insinuaba que hay un sentido falso de la bondad, el del hombre adoctrinado, dice él. El poema, les recuerdo, dice así: “Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, / pero mi verso brota de manantial sereno; / y, más que un hombre bueno al uso que sabe su doctrina, / soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”. Por otra parte, en Proverbios y cantares XIV hay dos versos que definen la bondad de una manera sencilla: “El bueno es el que guarda, cual venta del camino, / para el sediento el agua, para el borracho el vino”. Así pues, el bondadoso es el que complace las necesidades de los demás. Y en una carta-artículo sobre ¿Cómo veo la nueva juventud española?, dirigida a Ernesto Giménez Caballero afirma: “Benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin, o conformidad con lo inepto, sino voluntad de bien”.

Así pues, veamos a continuación algunos rasgos de la bondad:

No vivimos en ningún paraíso; el paraíso es imposible, ni religioso, ni político; en las afueras del paraíso, donde vivimos, no existe ni la plenitud ni la perfección; el mal que provocan los hombres es un ciclo sin fin, en ningún lugar de la Tierra existe el paraíso y, con toda seguridad, nunca existirá; la mejor luz del mundo es claridad y penumbra; el mal es muy profundo, pero la bondad lo es todavía más.

La bondad es la natural inclinación a hacer el bien y tener un genio apacible (manso, tranquilo, dulce y agradable). El manso es dócil, suave, afable, tierno y benigno en el trato, estando libre de arrogancia o presunción. El manso posee una gran fuerza interior para enfrentarse a situaciones difíciles sin recurrir a la violencia o caer preso de sentimientos de cólera o rencor.

Ser bueno no quiere decir ser blando, sumiso, ingenuo o sin carácter; por el contrario, los buenos se distinguen por su fuerte personalidad, por su curiosidad, gratitud, energía, optimismo, sonrisa cálida y confianza.


          El bondadoso, el justo, se guía por un principio: “No hacer a los demás lo que no quieres que te hagan a ti” Que dando un salto más sería: “Haz a los otros lo que quisieras que los otros te hiciesen a ti”. La generosidad es una de las principales manifestaciones de la bondad; lleva al amparo y a la protección de los demás. La bondad, sembradora del bien, no trabaja con el “¿tú o yo?”, sino con el “nosotros”.

Un hombre bueno ve el mejor lado de las personas, aplaude el éxito de otros, se siente incómodo por manipular a alguien para que haga algo, perdona fácilmente. El bondadoso siente un gran respeto por sus semejantes y se preocupa por su bienestar.

El bondadoso no necesita demasiadas cosas para vivir: ni lujos, ni dinero, ni reconocimiento. La bondad disfruta de la bonanza íntima de las cosas sencillas (una manzana a media mañana, una copa de vino entre amigos, una sonrisa sencilla y hogareña, un paseo por el monte, mirar las estrellas…).

Otro de los rasgos de una buena persona es que suelen ser humildes. Es decir, nunca se sentirán superiores a los demás ni mirarán a nadie por encima del hombro. Saben que todo el mundo tiene su vida y sus propias metas.

Hay bondad en el sentido del humor, en la ironía justa: Cuando alguien me hace sonreír o reír a carcajadas me ensancha el pecho, me amplía la mirada, pulveriza la angustia, dilata el tiempo, genera esperanza, ensancha el horizonte.

En el ámbito de las relaciones personales, saludarse con un apretón de manos, o chocarlas, o levantar el pulgar en sentido afirmativo son gestos que simbolizan: “¡Confío en ti, somos amigos, me alegro! El justo es capaz de convertirse en amigo de alguien desconocido; transforma en amigo a un extraño y lo toma a su cuidado.

El bondadoso acompaña a los hombres cuando están desolados; cuando les falta suelo, firmeza de sentido, algo o alguien en quien apoyarse; cuando están tristes y se sienten vacíos. Y les da consuelo, acompañamiento, para que se reconstruyan; para que puedan rehacerse, reanimarse; para aliviarle de la pesadumbre del vivir.

Los bondadosos son aquellos qué frente a la injusticia o la persecución de seres humanos, acuden en ayuda de los que sufren en un acto de responsabilidad. El justo no consigue eliminar el mal político, o cambiar el sistema económico, pero puede ayudar a limitar los daños en el ámbito en el que es soberano. Las acciones humanitarias alivian el dolor humano, atienden las necesidades básicas de la población y promueven sus derechos.

La “bandera blanca” es un símbolo internacional usado normalmente en período bélico o de conflicto, que posee varios significados: rendición, solicitud de parlamentar con el enemigo, alto el fuego o cese de las hostilidades. La “bandera blanca” está aceptada oficialmente desde la Convención de Ginebra. Su uso inapropiado o engañoso se considera un crimen de guerra según el derecho internacional. La “bandera blanca” se asocia también al movimiento pacifista.

Sería necesario e imprescindible levantar un monumento en agradecimiento a los hombres bondadosos, justos, que en la historia han sido.

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          Si hay un personaje de nuestra literatura clásica rico en valores y que rezuma bondad ese es Sancho Panza de El Quijote. Veamos algunos de sus rasgos:

 Sabiduría tradicional y refranesca: Inmenso amor al terruño. Saviduría radical, de raíz; sabiduría no de sabio, sino de savio; sabe reflexionar sobre la pequeñez de los afanes que mueven a los habitantes de la tierra. ¡Qué honda sensatez en sus reflexiones! No era tonto Sancho, sino sencillo, crédulo.

 Humanidad: Hecho de tolerancia, de amistad, de respeto socrático a las leyes, de lealtad a su nación. Es locuaz, curioso, llorón y propenso a enfadarse y encapricharse fácilmente. Apacible, vividor, empírico. Es el hombre-pueblo.

 Arraigadas convicciones religiosas, preocupación por la salvación de su alma. Era un hombre vinculado a su contexto.

 Es tentado por el dinero, por el poder, por la avaricia, y, sin embargo, siempre se mantiene fiel a su amo, aunque le peguen, le sacudan, pase hambre, sufra muchas incomodidades y, finalmente, pierda la ínsula que le prometió el Caballero de la Triste Figura.

Sancho admira a Don Quijote, reconoce la superioridad de su amo en conocimiento, valor, moral. Y este reconocimiento, lejos de acarrearle al escudero un resentimiento, le produce una limpia admiración y un sincero cariño.  

Responsabilidad contra los totalitarismos

La historia de nuestro planeta está jalonada de holocaustos, imperialismos, dictaduras, crímenes contra la humanidad, guerras civiles, desigualdad, violencia, consumos desaforados que destruyen la naturaleza… Habrá quien se pregunte si tiene sentido educar para la bondad cuando la Historia ha demostrado que la barbarie y la maldad están vinculadas al dominio y al poder. Gabrielle Nissim, en “La bondad insensata” (título tomado de Vasili Grossman) nos dice que "en los momentos más oscuros de la humanidad ha habido hombres que han tenido la valentía de asumir una responsabilidad personal respecto al mal y que se han prodigado en actos de bondad extrema". Todos los hombres de esta tierra tienen la obligación de no olvidarse de los responsables de los crímenes contra la humanidad.

         “Eichmann en Jerusalén”, Hannah Arend

Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS nazis, fue uno de los principales encargados de ejecutar la llamada “solución final”, principalmente en Polonia. Su tarea consistió en la logística de los transportes de deportados a los campos de concentración. El holocausto nazi fue responsable de la muerte de entre cinco y seis millones de judíos. En 1960 fue detenido, clandestinamente, por el servicio secreto israelí en Argentina y trasladado a Jerusalén. De abril a junio de 1961, Hannah Arendt asistió como reportera de la revista The New Yorker al proceso contra Adolf Eichmann. De ahí surgió su libro más conocido:​ Eichmann en Jerusalén, con el subtítulo Un informe sobre la banalidad del mal. Finalmente, Eichmann fue ahorcado.

Durante el nacionalsocialismo, todos los niveles de la sociedad oficial estuvieron implicados en los crímenes. Como ejemplo Arendt señala la serie de medidas antisemitas que antecedieron a los crímenes en masa y que fueron consentidas en todos y cada uno de los casos. Los hechos no fueron realizados por “gánsteres, monstruos o sádicos furibundos”, sino por los miembros más respetables de la sociedad.

Arendt afirma que el mal proviene de la falta de reflexión, de la superficialidad; que habría construido las cámaras de gas. Somos capaces de hacer el mal, pero no es el pensamiento lo que nos lleva al mal, sino más bien el no usarlo plenamente lo que puede llevarnos a cometer crímenes horribles; el mal es causado por la libre decisión y actuación de los seres humanos. Eichmann ni era un demonio, ni un enfermo mental. Sus actos no eran disculpables, ni él inocente, pero estos actos no fueron realizados porque Eichmann estuviese dotado de una inmensa capacidad para la crueldad, sino por ser un burócrata, un operario dentro de un sistema basado en los actos de exterminio. Algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos.

Por eso Hannah Arendt propone comportamientos “que no son prerrogativa de intelectuales o de hombres cultos, sino que están al alcance de todos: el diálogo silencioso con el propio yo, la capacidad de juzgar poniéndose en el lugar del otro, la facultad de sentir vergüenza por las propias injusticias, el uso de la voluntad para iniciar un acto de resistencia, la confianza en que los otros puedan continuar la propia acción, la disposición a perdonar”.  Arendt habla de moral, pero también de política, porque es imposible hablar de moral sin hablar de política (y viceversa). Dice: "un individuo vive siempre en un campo de batalla: dejarse homologar y permanecer en silencio o, por el contrario, mostrar el valor de levantar cabeza".

En “Vida y destino”, un magnífico y durísimo libro de Vasili Grossman, éste considera que el bien no está en la naturaleza, tampoco en los sermones de los maestros religiosos ni de los profetas, no está en la ética de los filósofos. Son las personas corrientes las que llevan en sus corazones el amor por todo cuanto vive; aman y cuidan de la vida de un modo natural y espontáneo. Es la bondad de una viejecita que lleva un mendrugo de pan a un prisionero, la bondad del soldado que da de beber de su cantimplora al enemigo herido, la bondad de los jóvenes que se apiadan de los ancianos, la bondad del campesino que oculta en el pajar a un viejo judío. Es la bondad del guardia de una prisión que, poniendo en peligro su propia libertad, entrega las cartas de prisioneros y reclusos, con cuyas ideas no congenia, a sus madres y mujeres. Es lo que afirma Grossman: “Yo no creo en el bien, yo creo en la bondad. Es la bondad de un hombre para con otro hombre, una bondad sin testigos, pequeña, sin grandes teorías. La bondad insensata podríamos llamarla. La bondad de los hombres más allá del bien religioso y social". Es esa fuerza interior para llevar a cabo algunas pequeñas acciones que pueden impedir una injusticia, cuando parece absurdo y completamente imposible tratar de cambiar el curso de los acontecimientos que nos superan.

 

"Como ser humano soy una especie de antología de contradicciones, de errores, pero tengo sentido ético. Esto no quiere decir que yo obre mejor que otros, sino simplemente que trato de obrar bien y no espero castigo ni recompensa. Que soy, digamos, insignificante, es decir, indigno de dos cosas; el cielo y el infierno me quedan muy grandes."  (Jorge Luis Borges). 

 

lunes, 21 de junio de 2021

La crueldad: Sombras y tinieblas



Emanuel, un hombre pletórico (Entrevista a un inmigrante)

Cada vez que paso por el semáforo allí está Emanuel, siempre alegre y sonriente. Y no es más que un inmigrante, pero ¡vaya hombre! ¡Cómo mantiene el tipo ante la vida! Me sorprende lo jubiloso que es. Y mientras tanto, muchos europeos, pequeños burgueses, indecisos y pusilánimes, vemos la botella medio vacía, tristes y afligidos.

Emanuel cruzó el Estrecho en patera, hace siete años, para buscarse la vida; ahora tiene treinta y tres. De origen nigeriano; su padre, Francis, trabaja en una gasolinera y su madre, Mary, es ama de casa. Tiene siete hermanos.

Está casado desde hace un año con Beatriz, una española que trabaja en una guardería de Málaga y a la que ve dos fines de semana al mes. Por esto, puede conseguir la doble nacionalidad, aunque aún no tiene los papeles en regla. Esta circunstancia, y que los estudios en su país se hacen en inglés, que es el idioma oficial, le impiden trabajar de lo que él es, a saber, ingeniero mecánico.

Y ahí lo tenemos. Todos los días en el semáforo de sol a sol. Viene en bicicleta con una mochila donde guarda sus cosas. Se protege siempre de la lluvia o del sol con un paraguas de cuadros grises y blancos. Su sencillo atuendo corona en un sombrero redondo, algo deformado por el uso, y la cara embozada con una especie de braga beige.  El embozo, a modo de disfraz, le permite que la gente lo identifique en su puesto de trabajo, pero no fuera. La mercancía que ofrece, unos pañuelitos de papel.

Y tras la máscara una sonrisa permanente que le ha permitido conquistar una excelente relación con los conductores, a los que identifica desde lejos y saluda cuando están cerca: miradas, bromas, conversaciones, palabras, estrecheces de mano… “Conozco a medio Jerez, poquito a poco, respetando a la gente, a cualquier persona grande o pequeña. Cuando tú estás bueno con la gente, la gente es buena contigo”.

Lo que me sorprende de Emanuel hasta la admiración es su ánimo vivo y luminoso. Mientras nosotros nos dejamos ir, envueltos en nuestros propios problemas personales, avanzando a ciegas día a día con la atención dedicada a algún asunto menor sin gran relevancia, Emanuel es una de esas personas, sociables hasta la extenuación, a la que no se le escapa nada del buen vivir. Él dice: “Eso es parte de la vida. Todo el mundo tiene problemas. Hay que poner la cara. Mi vida es más complicada que la tuya. Tú tienes menos problemas. Tú tendrías más derecho para ser feliz. Tú tienes trabajo, yo no tengo. Aunque tenga mucho dinero siempre falta algo en la vida”.

Y también: “Cuando la gente pone mala cara por problema, no encuentra la solución. Tú tienes algo, mejor que nada. Con cara alegre sí encuentra la solución. Yo también tengo problema. No estoy contento pero un día todo va a cambiar. Si vivo mendigo en la calle no tengo ánimo ni responsabilidad para buscar la vida. Si tengo casa, tengo que buscar para pagar el alquiler y mandarle dinero a mi madre”.

Cuando llega a su casa se asea y ve la tele porque le gusta estar informado de las noticias. Tiene antena digital para saber lo que pasa en su país. Tres días por semana va a la iglesia cristiano-anglicana para celebrar actos religiosos. No le gusta la Semana Santa: “Mi Jesús es espíritu; no se puede ver, ni cargar en un paso”.

Echa de menos a sus amigos y las fiestas de su país. Aunque allí no ve futuro. “Cuando saque el carnet de identidad me puedo contratar. Y si no me voy a otro país”.

Sobre los españoles es rotundo cuando afirma: “No me gusta que a los 27 o 28 años los jóvenes sigan viviendo con los padres. En Nigeria, a los 18 viven solos, y cuando terminan la carrera ayudan a los padres”.

Y es que detrás hay una cierta filosofía de la vida: “Si novia, si fuma, si bebe, pero no trabaja, es falta de respeto a los padres. No fumar ni beber delante de los padres, hay que respetar. Cuando niño: ¡cuidar, cuidar y cuidar a los niños!; con 18 años, joven, cuidar a los padres, ayudar a los padres”.

Es un placer y una lección de vida conocer a este hombre.                

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¡Cómo escribir hoy sobre la crueldad un hombre de clase media, blanco y europeo! Llevo una chaqueta que me quita el frío y no me da calor; he tenido un trabajo rutinario, sí, pero bien pagado, según mis expectativas cuando lo comencé; ocupo mi tiempo en una cofradía, tengo una fe que no me exige y puedo salir de casa y entretenerme con los amigos; tengo un matrimonio desfallecido, sí, pero convencional, confortable en la superficie; tengo un bienestar que no es paz interior, pero se le parece; carezco de monstruos interiores. Con todo esto, ¿cómo escribir sobre la crueldad?

Crueldad natural: Nació bien instalado en el mundo, de una buena familia, educada y saneada en lo económico. Sus padres decían que era guapo, aunque se extrañaban de una pequeña mácula rojiza que tenía en la mejilla derecha. En la escuela primaria no tuvo problemas, salvo que se dio cuenta que sus compañeros miraban a hurtadillas su lunar rojo. Fue en la adolescencia cuando empezó su malestar. Cuando se miraba al espejo la pequeña rosácea permanecía invariable; pero al salir de casa y en contacto sobre todo con las chicas, se imaginaba que la manchita crecía: al principio era un granito de arroz atomatado, después un garbancito pimentonado y finalmente se convertía en una calabaza regada de tabasco. ¡Maldito furúnculo! Desde entonces, siempre se despertaba rencoroso, fastidioso, dispuesto a reintegrarse cuanto antes al odio y a la rabia.

El declive: “Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no podía ni quería ocultarlo… El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados por un halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. Él estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble como hallaba siempre, aun en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego”. (Cuento: Los pocillos, Mario Benedetti).  En un bar habitual, con el público acostumbrado, ella le dijo a él: “Tiene los ojos como un sapo”. Él le dijo a ella: “Gorda, foca, ballena…”. Les vino una bocanada de asco: ¡Cómo se odiaban! El desprecio es incesante, insistente. Tras una crueldad estable, viene un terror interno también estable: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. (San Mateos, 19, 3-12).

El estatus: Crueldad es apreciar, valorar, a las personas según el estatus social que posea. He vivido, no en mis carnes, cómo una señora joven ignoraba durante varios años en su grupo de amigos a un caballero, hasta que se enteró que era ingeniero; a partir de ese momento se interesó por él. Obviamente los que estaban por debajo del radar de Hacienda no le interesaban. Todavía se divide a la gente entre elegidos y apestosos, los del palacio y los del arroyo. Hace algunos años, en una ciudad casposa, se establecían órdenes sociales según los apellidos; el linaje daba un prestigio, un estatus, a veces estúpido, sin tener en cuenta la valía personal. Cuando en las familias aristocráticas se enorgullecen de su apellido están reforzando su sentido de la privacidad, de la propiedad, del patrimonio.

Por el contrario, en ese tiempo, los hijos de madres solteras nacían sin el primer apellido, el de padre. Sus madres se ocultaban, se aislaban, tratando de protegerse; y sus hijos vivían sin el primer abrigo, sin el primer amparo, que es el apellido del padre. Plauto, y posteriormente Hobbes, dijo: “El hombre es un lobo para el hombre”. Y George Bataille añadió: “La violencia que da pavor, pero que fascina”.

Las personas tóxicas:  Se caracterizan por no sentir remordimientos al infligir crueldad. Son agresivos verbalmente, aunque la mayoría de las veces lo disfrazan de elocuente ironía o sarcasmo, intentando provocar inseguridad en su víctima para hacerla débil, humillándola y faltándole al respeto. Creen que su opinión es la más importante y menosprecian a aquellos que no consideran que estén a su altura. La conversación con ellos gira en torno a sucesos estresantes negativos. Aunque aparentan ser encantadores con las personas que les pueden servir de utilidad, no dudan en propagar rumores negativos sobre personas ausentes. Critican a todo el mundo delante de ti, da igual lo cercana que sea la otra persona. Hunden a los demás para quedar ellos por encima.

En las parejas tóxicas dominan la relación amorosa, siempre tienen la razón y absorben la vida del otro por completo. Utilizan el chantaje emocional contagiando el sentimiento de culpa. Son personas endiosadas que sienten que todo lo que hacen es perfecto. Las cosas que tú le cuentas parecen no interesarles, de hecho, a menudo no te escuchan. Hablan de lo que les ocurre, de lo que sienten y zanjan todo aquello que trate de otra persona de forma frívola y cortante.

Estas personas generan en el interlocutor un sentimiento de inutilidad debilitando su autoestima. Te frustran, te hacen perder los papeles. Te impiden estar relajado y cómodo en la relación. Te hacen sentir en constante tensión y preocupación. Por eso, hay que tener mucha prevención con estas personas, retirarse y cuidar mucho la propia valoración. En todo caso es mejor rodearse de personas nutritivas que nos ayuden a crecer y que nos protejan.

La “prisión sin rejas”: La moral, religiosa o convencional, es una poderosa gramática compuesta de reglas, principios, hábitos, valores, categorías, mitos, signos, símbolos, herencias… que fabrica, ordena y organiza el mundo. Las normas morales nos fabrican, nos ordenan y nos organizan. En una palabra, nos construyen. “¿Qué hice yo? Desafíé sin saberlo a mis padres, a su moral, a las instituciones, al Estado. No sabía si había pecado de pensamiento, palabra, obra u omisión. Descubrí que hay acciones que te marcan con una herida que no cicatriza nunca. Y lo peor no es la cicatriz, sino el mal sabor de boca que te deja, la mala conciencia, el sentimiento de culpa, la tormenta interior; esa sombra que ya no te abandonará nunca”.

Sistemas de tortura (en las dictaduras, en las guerras, en el espionaje, en la Inquisición): Palizas monstruosas; golpear a las víctimas con una toalla húmeda; vendar los ojos durante un largo período de tiempo; patadas en los testículos; quemarle los pechos; arrancarle los dientes; colgarlos del techo; violaciones; la picana eléctrica: fuertes descargas eléctricas; el caballete: consistente en cuatro patas y una barra sobre la cual descansaba todo el cuerpo sobre los testículos o la vagina del torturado; el potro o ecúleo: el acusado es atado de pies y manos a una superficie conectada a un torno que al girar tiraba de las extremidades en sentidos diferentes usualmente dislocándolas o llegando a desmembrar; el submarino seco: consiste en colocarle una funda plástica en la cabeza del sujeto hasta que su propia respiración lo ahoga; el submarino mojado: maniatar al reo e introducirlo de cabeza en un tanque con agua salada, orina u otro líquido con las piernas suspendidas hacia arriba hasta que empieza a ahogarse.

Declaración Universal de los Derechos Humanos: Artículo 5: “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”. Solo nos queda la palabra.

 

El compasivo es receptivo, sensible, amoroso; el poderoso es hermético, agresivo, indiferente. Volar: el ser humano y sus ensoñaciones, de día y de noche. Es un vuelo improductivo, o no; desde luego no es una creación mecánico-económica; pero de cuantos sentimientos amables hemos recibido una canción, una poesía, un consejo, un consuelo... que ha alegrado nuestra alma. ¿Te parece poco?

"... y líbranos de todo mal de conciencia / amén". (Un padrenuestro latinoamericano, Mario Benedetti) 

 

 

 

 

viernes, 14 de mayo de 2021

La delicadeza: Una flor en el desierto


                                                                                                            W. Turner, Lago de Lucerna


Hay días en que la Naturaleza nos ofrece sensaciones gratificantes. Así, en primavera, un mediodía de sol a la orilla del mar es una experiencia sublime. En esas fechas, el astro rey, radiante y luminoso, calienta pero no quema, y el mar, como casi siempre, es un remanso de paz que nos abre a la inmensidad empequeñeciendo los sinsabores particulares y momentáneos de nuestra vida. Los dos, sol y mar, acarician el alma con una belleza deliciosa.

Calor e infinitud son dos vivencias que engrandecen nuestra alma y que podemos ampliarlas practicando la delicadeza. Ésta, es una disposición del espíritu que consiste en la capacidad de desarrollar finura, ternura y suavidad en el trato con los demás para hacerles la vida más agradable. Se trata de un esfuerzo, de una exigencia para ponerse en el punto de vista y en la situación del otro. No soporta lo grosero, lo vulgar, la falta de respeto a las opciones, gustos y preferencias de los demás. El refinamiento en las maneras y en las costumbres hace la vida más grata y hasta encantadora. La delicadeza conlleva un exquisito miramiento en la acción y en las palabras para respetar la dignidad humana.

        La delicadeza del gusto, según Immanuel Kant, se produce cuando los órganos de los sentidos son tan sutiles que no permiten que se les escape nada, y al mismo tiempo son tan exactos que perciben cada uno de los ingredientes del conjunto. 

        La persona que actúa con delicadeza es sencilla, respetuosa, afable, serena, tolerante y con capacidad de autodominio. La persona que no es delicada es tosca, desconsiderada, egoísta, torpe, grosera, descuidada, caprichosa, ordinaria en sus modales, maleducada en sus hábitos de conducta; una persona sin tacto para tratar a los demás.

        Algunas acciones de delicadeza son muy sencillas: saludar y despedirse, utilizar palabras cercanas como gracias, por favor, disculpa, etc., ceder el paso en la acera, dejar el asiento a los mayores, llamar a las personas por su nombre, evitar pasar entre dos o más personas cuando están hablando, respetar el turno de palabra, etc.

        La delicadeza conecta con el ser humano en lo que es, no en su apariencia. Capta al otro no como un objeto de usar y tirar, sino que se abandona en él, no lo instrumentaliza.

        El que es “muy delicado” en sentido peyorativo es que quiere ser atendido el primero; mientras que la persona delicada siempre se posterga, colocando primero a los demás.

        La persona delicada no es fuerte con el débil y débil con el fuerte; es generosa   

y elegante con todos y, especialmente, con los débiles. Se contrapone a la altivez del estirado o al cálculo del interesado.

        Deja de manejarse en clave de derechos exclusivamente, dejando claro que vamos a cumplir con nuestros deberes.

        A la persona delicada le produce alegría encontrarse con las personas, aportando alegría y buen humor en cada encuentro; son cansinas las personas que todo lo critican o que manifiestan continuamente malhumor. No tenemos la culpa de la cara que tenemos sino de la que ponemos.

        Es cambiar una cara seria por una sonrisa para relajar el ambiente; es respetar a los que quieren estar solos; es acompañar en silencio a los que necesitan compañía.

        Las personas delicadas respetan la lentitud de una buena conversación, escuchando en silencio. Dejan que las cosas, aún las más banales, se expresen por sí mismas. Saborean la pluralidad de enfoques. La delicadeza es laica y tolerante.

        Destaca de los demás los aspectos positivos de su personalidad, asumiendo que todas las personas tenemos contradicciones.

        La delicadeza sabe guardar la vida privada de los demás, los secretos, aunque no se haya solicitado explícitamente. Se aleja de la maledicencia y el chismorreo.

          No exhibe la intimidad, pero tampoco se esconde al encuentro con el otro, menos aún lo ningunea ignorándolo.

        Es conveniente no confundir la delicadeza con la ñoñería, la susceptibilidad, la melindrosidad o la melancolía. Algo delicado no tiene porqué ser frágil necesariamente. Acuérdese de aquella canción de M-Clan que dice: Carolina trátame bien, no te rías de mí, no me arranques la piel. Carolina trátame bien, o al final te tendré que comer.

        En definitiva, la delicadeza es una cierta aristocracia del alma, que a la mujer la convierte en Dama y al hombre en Caballero.



Publicado en La Voz del Sur.

                               

Una silenciosa tarde de verano

 


                                                                                Pintura de Hopper

 

                   Quien no ha gustado del silencio no saborea la palabra”

                                      (R. Panikkar, El silencio de Buddha)

En este momento en que vivo, sufro una pena luctuosa tan honda, que me he acordado de aquella tarde de verano.

Me llamo Ángeles y tenía entonces catorce años. Había ido con mi madre en tren a casa de mi tía a la capital. Después de comer, sobre las cuatro, salí a comprarme un helado. Saboreándolo, bajé lenta por una calle que me llevó a una plaza. Me senté en un banco de piedra con respaldar, debajo de un árbol. Las ramas cernían el exceso atmosférico: la luz cegadora, el calor sofocante, la misteriosa calma de la naturaleza. Y yo allí, en esa burbuja de silencio. Aquella plaza, aquel parquecito, fue el primer espacio de melancolía y soledad imborrable de mi memoria. La luz: inspiración; el calor: energía, vida; el silencio: misterio, magia.

Era una plaza rectangular y el árbol que me cubría estaba en el centro de uno de los laterales cortos del rectángulo. En el centro de la plazoleta había una fuente de agua hermosa y sonora, con una diosa griega sentada en un pedestal. Zonas discontinuas de césped creaban caminos para pasear. En una esquina, un quiosco, cerrado a esa hora, donde se intercambiaban tebeos, se compraban chucherías y sobre todo lo que más me gustaba, frutos secos. Yo tenía, entonces, pasión por los cacahuetes. ¡Qué tontería, verdad! Rodeaba aquel lugar un conjunto de viviendas señoriales pintadas de blanco con grandes ventanales y balcones.  Los vecinos, distantes, con las persianas abatidas, disfrutaban de la penumbra y la siesta.

En la explanada de la plazuela había quince árboles. El que estaba encima mía era un roble muy alto, de unos veinte metros, y con una copa majestuosa de unos ocho metros de diámetro. Sus troncos, sus ramas, sus hojas, estaban distribuidas en forma de cúpula. Me recordó a la Biblioteca Municipal adonde acudía a estudiar, que tenía una bóveda en su interior. Era una antigua iglesia transformada en centro bibliotecario. La llamaban “la Capilla Laica”.

En aquel lugar, bajo aquel árbol, me sentí por primera vez única, un ser desgajado del mundo. La gravedad del entorno cayó sobre mí. Sentí una extrañeza sorda, leve, continua. Y una paradoja: estaba a gusto. ¡Pronto, muy pronto, si no ya, dejaría de ser una niña! Noté que mi mente me hablaba, un silencio parlanchín.  ¿Quién era yo? ¿Qué significaba para el mundo? Una melancolía recorrió mi alma. ¿Podía yo ser algo sin mis padres, sin mis hermanos? ¿Podría afrontar la vida sintiéndome ya sola? Experimenté un íntimo temblor. Al tiempo que pensaba, manoteaba con las manos en una equidistancia entre el mundo y yo, como si quisiera decir algo.

De pequeña, para paliar la soledad del dormitorio mi padre se inventaba cuentos para mí; para paliar los miedos de la noche me acompañaba un peluche que me había regalado mi madre, un conejito al que llamé “Distante”, no sé por qué; con él me comunicaba y él con sus orejitas me escuchaba.

Ahora, mi alma divagaba por los vericuetos de la vida. Pero no era yo quien ponía las palabras; las palabras fluían solas, ellas venían a mí, desordenadas, alborotadas, caóticas, dominantes. Ideas contradictorias, superpuestas, que se enredaban en una danza interior. No sabía por dónde empezar. Laberinto sentimental: mar de paradojas.

El helado me había dejado la boca seca. Las palomas solitarias que a esa hora pululaban por la plazoleta picoteaban aquí y allá.

Esta tarde lenta de miedo adentro, las ideas surgían infinitas, en el infinito se desenvolvían; pero yo, ¡yo era muy pequeña, muy poquita cosa! ¿Sería, acaso, yo tan firme como este roble? Me veía insegura, blanda, manejable. ¿Quién soy yo, además de un cuerpo del que no estoy descontenta? ¡Si pudiera saberlo de una vez por todas! ¿Me adaptaré cómodamente a un escenario de adulto?

Ayer fui con mis amigas por primera vez a una discoteca de esas juveniles que abren por la tarde, a las seis. El ruido era ensordecedor. Las bases de los ritmos reiterativos: boom, boom, boom. La percusión se imponía a la melodía, si es que la había. El juego de luces me mareaba. Mis amigas bailaron sin parar. Risas inagotables se entrecruzaban por la pista de baile; no me enteraba de qué bromas iban precedidas. ¡Solo ruido, mucho ruido! Yo sentada en un sofá, me aburría. "¿Acaso soy un bicho raro? ¿Una joven viejuna? La mayoría de los chicos no me entienden y los demás no cuentan conmigo”. A punto estuve de quedarme dormida a pesar del estruendo.

En la placita, las ideas me bullían en la cabeza anhelantes de ser expresadas, de ser oídas por alguien, pero estaba sola; inquieta por el deseo de decir algo que no podía decir; se me quedaron dentro, bloqueadas para siempre. ¿Podría, acaso, la vida satisfacer mis anhelos? Me defendía bastante bien, pero ¿sería siempre así? ¿Qué sabían los demás de mí? ¿Qué es ser mujer? Yo veía a mi alrededor a todas las mujeres “más mujeres que yo”.

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“Una “contradictio in terminis””: Hablar, escribir del silencio.

“El callar”: Se ajusta al gesto medido, a la expresión contenida, a una cierta mímica facial, al arte de la parquedad… Cuando el hombre calla se auxilia de su fisonomía, su actitud, su compostura, su mirada; es la gramática del cuerpo. Se instala en la perplejidad y la paciencia.

“El silencio y el lenguaje”: El silencio hace hablar al lenguaje y en el lenguaje se expresa el silencio. En ambos casos, lo que realmente importa es la intensidad de lo que se dice o se calla.

“El ars meditandi”: Exige una lucha contra la distracción, una concentración de la atención. El silencio ayuda a detener el pensamiento, a suspender el tiempo, a acoger nuevas perspectivas, a olvidarse de uno mismo, a anticipar la quietud de la tumba. Los bosques son una catedral vegetal del silencio y la meditación.

“La poesía”: Constante búsqueda de un lenguaje tan absoluto que pueda identificarse con el silencio mismo. “Enamorado del silencio, al poeta no le queda más recurso que hablar” (Octavio Paz).

“Pecho sin secreto es carta abierta”: Fue Aristóteles el que dijo que uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. Muchas veces me he arrepentido de haber hablado, pero nunca jamás de haberme callado. El hombre nunca se posee del todo más que en el silencio.

“Persona palabrera no es verdadera”: Porque, en ocasiones, es la palabra, más que el ruido, la que obstruye el silencio. El locuaz impenitente huye del vacío constitutivo de toda alma. No respira, no da la adecuada pausa a su melodía interna. Ignora la reciprocidad que alimenta la conversación. El “autista parlanchín” solo se oye a sí mismo; es un hombre que vive en la superficie, cómodo con cualquier programa cibernético infinito.

“Seguir hablando”: Logomaquia: Discusión en la que se atiende a las palabras y no al fondo de los asuntos. El hombre interesante es diligente en el escuchar y tardío en el hablar. Si solo dijéramos cosas útiles, se haría un gran silencio en el mundo. ¿Qué ocurriría si las voces de los hombres se apagaran para siempre?

 

 “Toda palabra es una duda,

todo silencio es otra duda.

Sin embargo,

el enlace de ambas

nos permite respirar”.

(Roberto Juarroz)

“Si alguien ama mucho, habla poco”

(Historia del silencio, Alain Corbain)



Publicado en La Voz del Sur